La
actualidad de la participación política de las mujeres indígenas está basado en
la “obligatoriedad” de la Ley de Elecciones Regionales Nº 27683 y la Ley de
Elecciones Municipales Nº 26864, que establecen que una lista no debe estar conformada
por menos del 30% mujeres y 15% de “representantes de comunidades nativas y
pueblos originarios” de cada región o provincia.
Sin
embargo, esta mera formalidad de los partidos y movimientos políticos lo hacen
por la necesidad de cumplir con los requisitos pues incluyen a mujeres
indígenas en los últimos lugares de la lista con pocas posibilidades de salir
elegidas.
En
un estudio realizado por el MIMDES en el 2011, recoge la participación de los y
las representantes de comunidades nativas es prácticamente nula. En las
elecciones regionales del 2006, los candidatos y candidatas de las comunidades
nativas representaron el 11.8%, mientras que en el 2010 disminuyó a 9.7%. En
las elecciones provinciales, el 5.4% de las representantes de comunidades
nativas lograron ser electo, mientras que en el 2010, esta cifra se incrementó
a 12.5%.
A
nivel de las elecciones al Congreso de la República, las indígenas han tenido
que incorporarse en las estructuras de partidos políticos existentes o formar
partidos indígenas para poder participar y alcanzar representación. Así tenemos
que en la elección del 2001, fue elegida Paulina Arpasi, la primera mujer
aymara que logró un escaño en el Congreso. En el proceso electoral del 2006,
fueron elegidas las lideresas indígenas Hilaria Supa Huamán y María Sumire. En
las recientes elecciones del 2011, fue elegido Eduardo Nayap, el primer indígena
awajún. Hay que mencionar que en su ejercicio parlamentario, las mujeres indígenas
que han ocupado escaños no han estado exentas de manifestaciones discriminatorias
de parte de otros parlamentarios y medios de comunicación masivo.
Además,
es importante señalar que las limitaciones para su participación política tienen
que ver con el desconocimiento de las normas electorales, la falta de formación
política y no contar con recursos económicos que permitan participar en las campañas,
lo cual es más difícil para las mujeres indígenas, que en su mayoría no cuentan
con autonomía política.. La folklorización que se hace de la identidad indígena
para ganar adeptos es una expresión de la poca comprensión que se tiene sobre
el respeto a la diversidad y del valor de la identidad de los pueblos.
Un
elemento a mencionar es que cuando salen elegidas, las mujeres indígenas no tienen
la preparación necesaria para enfrentar las demandas y exigencias del cargo, no
tienen clara una posición, o les falta el empoderamiento para enfrentar las
discriminaciones que nos hacen, por lo que muchas veces la representación se
convierte en frustración al no lograr lo que se ha planteado.
